El sueño de las vírgenes prudentes
José-Fernando Rey Ballesteros
El sueño de las vírgenes prudentes
José-Fernando Rey Ballesteros
Siempre me ha llamado la atención, en la parábola de las diez vírgenes (cf. Mt 25, 1-13), el hecho de que, tanto las necias como las sensatas, todas se quedasen dormidas. El Señor parece tratar con cierta benevolencia esta debilidad, que afecta por igual a quienes logran finalmente entrar al banquete como a quienes, por su falta de previsión, quedan excluidas de la fiesta. Podría decirse que Dios es más propenso a disculpar la debilidad que la estupidez culpable.
Jamás pronunció Jesús de Nazareth palabra alguna que fuese ociosa. Y si quiso incluir este detalle en su parábola, nos convendría prestarle atención y escuchar el mensaje que late tras el sueño de las vírgenes.
“Como el novio tardara”... (v. 5). El decaimiento en la espera estuvo provocado, tal como se nos dice, por el retraso del propio novio. Pero no se nos indica si esa tardanza está medida desde el momento en que realmente debía llegar, o desde el momento en que ellas lo esperaban. Quizá el novio no fue impuntual, sino que las mujeres pecaron de impaciencia.
“Cuando el pueblo vio que Moisés tardaba en bajar del monte, se reunió el pueblo en torno a Aarón y le dijeron: «Anda, haznos un dios que vaya delante de nosotros, ya que no sabemos qué ha sido de Moisés, el hombre que nos sacó de la tierra de Egipto.»” (Éx 32, 1). Obviamente, no fue Moisés quien quiso hacer esperar al pueblo; pero los israelitas, pasado un tiempo, dejaron de esperarlo; se durmieron. Y, acto seguido, cambiaron sus lámparas por teas encendidas a un dios falso.
Es probable que Jesús tuviera presente este hecho cuando presentó su parábola. Pero, yendo mucho más allá, hasta el misterio que aquella infidelidad profetizaba, el Señor hablaba, sobre todo, de su Segunda Venida, la que tendrá lugar cuando aparezca en gloria sobre los Cielos para juzgar a vivos y muertos.
“Este que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo” (Hch 1, 11). Las palabras de los ángeles, pronunciadas conforme el Señor ascendía hacia la Gloria de su Padre, marcaron, para la naciente Iglesia, el tiempo de la espera. Y nos consta que los primeros cristianos se mantuvieron en vela esperando el ansiado momento en que volverían a ver el Rostro de su Señor. San Pablo soñaba con vivir cuando aquel acontecimiento tuviese lugar: “Nosotros, los que vivamos, los que quedemos hasta la Venida del Señor no nos adelantaremos a los que murieron. El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor” (1Ts 4, 15b-17). Pocos cristianos son conscientes hoy día de que, cada vez que, en el Padrenuestro, oran diciendo: “Venga a nosotros tu Reino”, están pidiendo que la Segunda Venida del Señor se apresure, y, con ella, el fin de todo lo creado. Quizá algunos se asustasen si supieran que están implorando la llegada del Fin del Mundo.
Jesús no regresó antes de la muerte de San Pablo. Y tampoco regresó antes de la muerte de ninguno de quienes comieron y bebieron con Él. Llegó la segunda generación de cristianos, y después la tercera... Cada vez, en los escritos de los doctores, se hablaba menos de esa Segunda Venida.
Podría recorrerse la Historia entera de estos veinte siglos, examinando cuidadosamente el estado de vigilia de la cristiandad. No es éste el objeto del presente artículo, que no quisiera pecar de demasiado extenso. Sírvanos decir que, en el siglo XVI, aún quedaban cristianos despiertos. Fray Luis de León escribía su poema “Y dejas, Pastor Santo”, que es todo un llanto de nostalgia, compuesto para la fiesta de la Ascensión del Señor:
Los antes bienhadados
y los ahora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de ti desposeídos,
¿en dónde posarán ya sus sentidos?
Hace más de cuatro siglos que un cristiano enamorado compuso ese poema. Uno podría preguntarse dónde ha quedado esa nostalgia. Apenas se la encuentra en los escritos de los autores espirituales de los dos últimos siglos. Si uno entra en una iglesia a la hora del sermón, no será fácil que escuche palabras de aflicción por la impaciente espera de un Señor que aún no ha regresado. Tampoco encontraremos esa herida abierta, desde luego, en las conversaciones que los cristianos mantienen entre sí, aún dentro de sus grupos parroquiales o de Fe... ¿Qué ha sucedido?
¿Será verdad que se han dormido todas las vírgenes, las sensatas y las prudentes? ¿Se habrá cumplido la parábola, o llegará un día en que se cumpla en ese punto? ¿Verá la Historia de la Iglesia una época en que ningún cristiano, del primero al último, pensará con nostalgia en la Segunda Venida del Señor? ¿Estamos ya en esa época?
Es muy difícil responder a esas preguntas. Pero el hecho de formularlas ya produce, en sí mismo, cierta inquietud. No sería necesario si no hubiese dudas al respecto. El discurso de los cristianos, a lo largo de los últimos años, ha versado mucho más sobre el más-acá que sobre el más-allá. Se habla de solidaridad, de compromiso, de entrega al prójimo, de perdón de las ofensas, de interés por los más desfavorecidos, de paz de espíritu y de autenticidad... Pero el misterio de la salvación, con todo lo que él conlleva (Parusía, muerte, juicio, Cielo, Infierno, Purgatorio) está prácticamente ausente de la predicación del siglo XXI.
Entre quienes se acercan a mí para decirme que aman a Dios, encuentro muy pocos que sufran por el hecho de no poder ver el Rostro de Cristo; muy pocos que tengan prisa por mirar los ojos de Aquél a quien dicen amar con todo el corazón... Parece que hubiésemos olvidado que el hombre no es sólo corazón, sino también, y muy principalmente, carne. Y que no hay amor auténtico en el corazón de un hombre que no hiera la carne. Una madre sufre si su hijo se ausenta durante un periodo prolongado. Se queja de que no le llama por teléfono, de que no puede ver su rostro, y no le basta con saber que su hijo “la lleva en el corazón”. Algo tan natural en el amor humano parece haber desaparecido cuando se trata del amor a Cristo. Y eso hace que la pregunta adquiera tintes más dramáticos: ¿queda alguien que ame de verdad, con corazón y carne humanas, como le amaban sus apóstoles, a Jesús de Nazareth?
Pequen o no de pesimismo estas consideraciones, lo cierto es que alguien tendrá que despertarnos: “¡Que llega el Esposo! ¡Salid a su encuentro!” (Mt 25, 6). Y el Adviento es un tiempo más que adecuado para ello. Es necesario que quienes tenemos asignada la misión de instruir al Pueblo de Dios tomemos muy en serio esa responsabilidad. Podemos hacerlo, asumir nosotros esa santa herida de la nostalgia causada por un tierno amor a un Cristo a quien no vemos, y grabarla en las almas de quienes nos escuchan, o podemos pasar cuatro semanas hablando de lo mal que están las cosas en la tierra, como si los hombres y mujeres de este mundo no lo supieran ya. Tanto la decisión como la responsabilidad serán sólo nuestras... Pero de ambas tendremos que rendir cuentas cuando el Esposo llegue.
Al final, supongo que los pastores tenemos en nuestras manos la respuesta a una pregunta mucho más honda, formulada por el propio Señor antes de subir a los Cielos: “pero, cuando el Hijo del Hombre venga, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18, 8).