Responsabilidad

Leocadio Garabitos

 

La principal dificultad para comprender a Dios no es su infinitud y total perfección (que también), sino el hecho de que, además de limitados, somos contradictorios y complicados, mientras que Dios es la suma simplicidad y sencillez, y en él no hay contradicción alguna porque todo es unicidad, es verdad y es amor.

En nuestro laberíntico interior, hemos podido dar por supuestas algunas cosas que no siempre son del todo correctas o, al menos, no para todo el mundo ni en todas las circunstancias.

Por ejemplo, una realidad incontestable, que emana de toda la Sagrada Escritura, es que Dios quiere y exige el trato personal con cada ser humano, lo que llamamos oración. En ella, la persona busca a Dios y trata de dejarse encontrar por Él, mientras el Espíritu Santo derrama sus gracias sobre el que ora.

En el caso concreto de la oración ¿será igual la exigencia, el modo o el lugar en que debe realizarse, cualquiera que sea la circunstancia particular de la persona? ¿Es equiparable entre un sacerdote, una monja de clausura, un laico soltero y otro casado? Evidentemente no.

Dios quiere nuestro trato y tiene derecho a exigirlo, como lo hace en sus Mandamientos y la Santa Madre Iglesia en los suyos, y espera que vayamos a Él no sólo por obligación sino, también y especialmente, por amor; pero querer establecer una norma universal sobre esta base, más allá de los Mandamientos de Dios y de su Iglesia, ignorando las innumerables circunstancias personales posibles, es un enorme error. Cualquier generalización lo es.

La Misa diaria, que es una obligación inexcusable para un sacerdote, podría convertirse en ocasión de pecado para una madre que abandonase el cuidado de su hijo pequeño por acudir al templo. Los ejercicios espirituales, que son una obligación para algunas personas consagradas, pudieran ser ocasión de pecado para el esposo que dejara a su cónyuge enfermo para irse de retiro. El profesional que desatendiera a sus obligaciones por visitar al Santísimo, tal vez faltase gravemente a su deber. Obviamente, estos son solamente algunos estereotipos entre los muchos posibles.

Acaso olvidamos con alguna frecuencia que la última instancia moral es la propia conciencia. Daremos cuenta a Dios de nuestras acciones y omisiones, no por lo que piensen o juzguen terceras personas, sino por la verdadera intención con que hicimos o dejamos de hacer esto o aquello, buscando parecernos y agradar a nuestro Señor Jesucristo.

Es cierto que, para que esa instancia sea fiable y no nos hunda en el error, tenemos la obligación de formarnos correctamente. Hay que conocer las Escrituras y hay que acudir al Magisterio de la Iglesia, su única intérprete válida. Pero a partir de ahí cada cual ha de hacerse cargo de la propia responsabilidad frente a Dios, que nada ni nadie puede suplantar.

Para solventar posibles dudas y reorientar constantemente nuestra vida hacia Dios, contamos además con la ayuda inestimable de la dirección espiritual, en la que encontraremos luz y consejo, pero sabiendo que no es más que eso: una ayuda. La decisión final en nuestra conducta, el rumbo de nuestra vida y la responsabilidad absoluta sobre nuestra existencia frente a Dios, son cuestiones totalmente personales, indelegables e intransferibles.