“Los protagonistas del Adviento”

Carmen Álvarez Alonso

 

El nuevo Año Litúrgico, que ha comenzado con el Adviento, es un talento nuevo que Dios deposita en nuestras manos para invertirlo en frutos de gracia. Una nueva ocasión de introducirnos en el tiempo salvífico de Dios. Un Adviento nuevo que puede ser, quizá, el último de nuestra vida. En realidad, toda nuestra vida es un permanente Adviento, un tiempo de espera, en el que cada minuto, cada día, es –debería ser- una antesala del cielo.


De pequeños, cuando queríamos conseguir algo de nuestro padre, buscábamos el momento oportuno para pedirlo. Si llegaba a casa cansado, preocupado, o de mal humor, todos sabíamos que no era el momento de pedir nada, porque con toda seguridad no lo íbamos a conseguir. En cambio, cuando le veíamos tranquilo, alegre, juguetón, entonces sabíamos que era el momento de pedirle lo que queríamos, pues seguro que nos lo había de conceder. El Adviento es, precisamente, ese momento oportuno en el que Dios está dispuesto a darnos su gracia de forma abundante. A decir verdad, siempre lo está; pero, pareciera como si en Adviento el Señor quisiera echar la casa por la ventana. ¡Ahora es el tiempo de la gracia! ¡Ahora es el tiempo de la salvación! Negociemos con este talento único que es el Adviento, para conseguir del Señor todos esos bienes de gracia que tanto enriquecen y embellecen el alma.


La Sagrada Escritura utiliza dos términos para referirse al tiempo. Uno, el término griego “cronos”, indica el tiempo cronológico, el sucederse de los días, las horas, los minutos. Es el tiempo de la historia, el tiempo que encierra y custodia nuestra existencia concreta. No es éste propiamente el tiempo de Dios. Para referirse a él, la Escritura utiliza el término “kairós”, con el que se alude al tiempo salvífico, a ese misterio eterno de Dios que se nos da en las cortas y estrechas categorías de nuestro tiempo cronológico. El Adviento marca el inicio de un nuevo kairós, un nuevo tiempo oportuno, en el que la salvación de Dios entra en la entraña más profunda de nuestro “cronos”. Eso es la Liturgia: entrar en ese tiempo de Dios, en ese kairós, que se nos hace presente en el pequeño aquí y ahora de nuestro “cronos”. Adviento es el inicio de ese tiempo oportuno, es el inicio del tiempo de la salvación de Dios que entra, una vez más, en nuestro “cronos”.


Los textos litúrgicos de estas semanas nos van adentrando en el profundo misterio de ese kairós de Dios, que se nos ha de hacer carne en el pesebre de Belén. De la mano de los protagonistas del Adviento, la Iglesia acompaña ese camino interior del alma, que ha de llevarnos hasta los umbrales de Belén. El primer protagonista es Isaías. Sus textos resuenan con especial intensidad, gritando al corazón del hombre de hoy aquella misma esperanza que, siglos atrás, el profeta anunció al pueblo desterrado de Israel. Cuando aquel pueblo escogido probó las hieles del destierro, cuando se apagaba su fe en el Mesías, porque pensaban que Yahvé les había abandonado para siempre, cuando su fe débil y vacilante era incapaz de encontrar a Dios en la situación de oprobio y dominación en la que habían venido a caer, por el asedio de Babilonia, aquel misterioso profeta Isaías continuaba gritando al pueblo que el Mesías había de venir, que no desfallecieran en la fe y en la esperanza, porque la salvación estaba muy cerca. El clamor de Isaías al corazón de su pueblo sigue resonando hoy con especial intensidad en los textos de la liturgia de Adviento, invitando a esperar, contra toda esperanza, a este Cristo que se nos hace esperanza en la carne de un niño.

Junto a Isaías, también Juan Bautista nos introduce en el tiempo del Adviento. El último de los profetas del Antiguo Testamento y el primero que señala en la carne al Cordero de Dios. Juan Bautista nos invita a allanar los caminos del alma, a entrar por esa senda difícil pero gozosa de la propia conversión, para disponernos a entrar en el misterio central del Adviento. Allanar el camino del alma significa quitar maleza, piedras, hoyos, significa enderezar lo que antes era tortuoso y torcido, para que la gracia de Dios entre por las sendas del alma y allí, en lo más profundo, penetre y transforme toda mi persona. Sólo si el camino interior está allanado, sin obstáculos, logramos entrar en el kairós del Adviento, en la contemplación de ese misterio inefable que es el seno virginal y materno de la Virgen Madre.


Nos quedaríamos muy cortos si explicáramos el Adviento sólo como un tiempo de preparación para el misterio de la Navidad. La Cuaresma, por ejemplo, tiene mucho de tiempo de preparación para la celebración del Triduo Pascual. Si suprimiéramos el Triduo Pascual, la Cuaresma perdería mucho de su verdadero significado, porque no es un tiempo que tenga sentido en sí mismo. En cambio, el Adviento sí lo tiene. Podría desaparecer la Navidad y seguiríamos celebrando el Adviento, porque no desaparecería el misterio central que en él celebramos y que no es otro que la maternidad virginal de María. Ella es, por eso, la gran protagonista del Adviento. No basta una vida para contemplar el misterio de ese Verbo del Padre, que se encierra en el seno de esta Mujer sólo por amor al hombre miserable y pecador.


Adviento es el tiempo de la maternidad de María por obra del Espíritu Santo. Tiempo de gestación expectante en el alma, ante el nacimiento del Verbo encarnado que está por llegar. Al compás del amor, al compás de la liturgia de Adviento, deja que broten en tu alma deseos callados de contemplar el rostro niño de Dios. Deseos que nacen del Espíritu Santo, Aquel que ora y clama en nosotros pidiendo la venida de Cristo: ¡Ven, Amado! ¡Ven, Nacido! ¡Ven, Esperado! Y es la Virgen Madre quien acompaña en el seno del Adviento el nacimiento del Verbo, como acompaña en el seno de Pentecostés el nacimiento de la Iglesia. Paralelismos sostenidos por el Espíritu, Aquel por quien toda virginidad se hace fecunda y materna. Por eso, junto a la Virgen Madre, el otro gran protagonista del Adviento es el Espíritu Santo. No olvides que el Verbo se hizo carne en el seno virginal de María por obra del Espíritu y que también habrá de hacerse carne en tu vida, nacer en tu alma, si invocas y pides al Espíritu, para ti y para tantos hombres hermanos tuyos, ese mismo prodigio de la Encarnación. Adviento es el tiempo oportuno del Espíritu, como lo fue también el tiempo de la gestación expectante de la Virgen Madre.


Prepara tu alma con aires de hogar para acoger en ella al Verbo que quiere hacerse carne de tu carne. Embellécela con más silencio contemplativo, con una oración más intensa, para que resuene en ella la voz de ese Espíritu Santo que clama enamorado al Verbo. Empapa tu Adviento de mucho Espíritu Santo. Pídele que se haga presente en tu vida, en tu actividad, en tu trabajo, en tus afanes y preocupaciones, en todos los momentos y circunstancias de tu día a día; invócalo sobre las personas que te rodean o sobre las que están lejos, en las situaciones difíciles, en los momentos más duros. Pídele que cubra con su gracia tu persona y tu vida, la Iglesia toda, el mundo entero, como cubrió y fecundó el seno virginal de María, para que en todo y en todos crezca ese cuerpo niño del Verbo que es la Iglesia. No olvides que el otro gran protagonista del Adviento, de tu Adviento, eres tú.


Adviento es el tiempo que el Espíritu guía y conduce hacia el Verbo de Belén. Allí contemplas también a la Virgen, siempre Madre, que se anonada de humildad adorando esa carne de Dios. Ponte quieto junto a Ella, y calla. Adora y calla. No quieras romper ese silencio contenido que, en las frías noches de Belén, envuelve con ecos del Espíritu el resonar de esta Palabra del Padre.