“Libres (historias

y testimonios de Rusia)

(Giovanna Parravicini)

Antonio Samaniego Luis

 

“… frente al cansancio de vivir del hombre soviético, el cristianismo tiene respuestas simples que abren de par en par un horizonte eterno sobre cada aspecto de la vida.” –página 163-.

Han pasado 20 años desde el derrumbamiento del imperio soviético. Son ya muchos los jóvenes que no tienen recuerdos personales de él. Incluso a los que crecimos en un mundo física y mentalmente dividido por un telón de acero, que más allá de Berlín se extendía por todo el planeta, nos cuesta ya situarnos en la perspectiva mental que inspiraba ponerse frente a la Unión Soviética. Sin embargo mucho sabemos hoy sobre todo el horror acumulado entre 1917 y 1990, un horror que supera al de los testimonios que los disidentes hacían llegar, o que el propio régimen hizo saber sobre la era de Stalin.


Podemos situarnos mentalmente en 1917, en los años de la revolución, en los años de la guerra civil  y del exterminio brutal de los que intentaron hacer frente a los soviets. O en los años de Lenin y Stalin, con sus inmensas purgas y matanzas, las hambrunas del “holodomor”, “Los proceso de Moscú”, la rusificación y la campaña anti-judia de los años 40 y 50, la represión religiosa de los 60, los años oscuros y tristes de la guerra fría, de Breznev, de Andropov… La Unión soviética era inmensa, superpoderosa e inamovible. Frente a ella los gobiernos occidentales la temían, y sus intelectuales la justificaban y defendían. En el interior el control era total. Parecía que nada fuera a cambiar nunca.

Imaginemos, así, por un momento, en situarnos, como cristianos, en el interior de esa historia. ¿Qué esperanza puede albergar un cristiano frente a tan inmensa e invencible maquinaria de destrucción? Una maquina de la que sólo muy en su final pudo atisbarse que en realidad estaba tan rota que no daba para un segundo más de Historia.

Pero durante sus años de poder omnímodo: la Iglesia destruida y controlada, la sociedad triturada, convertida en grumo y modelada como pasta, las comunidades arrasadas, dispersadas y sus miembros literalmente exterminados en los infiernos de la Lubianka y el gulag.

Ser cristiano, incluso silente, es estar condenado a la marginación; a ser excluido de la Universidad o de cualquier carrera administrativa o laboral relevante. Puede ser insultado y acosado por cualquier comité y grupo con el aval del partido. Si eres cristiano debes esperar poder ser difamado y no poder defenderte, ser relegado, ser insultado o tomado por retrasado mental, tener que aprender en el colegio afirmaciones que niegan en lo que tú crees sin poder contestar, y si contestas … las detenciones, los interrogatorios, las torturas, los internamientos y la ejecución; por no hablar del peligro al que expones a todos tus familiares, amigos y hasta conocidos. ¿Cómo ser cristiano en ese mundo? ¿Para qué creer, para qué esperar?...

Cuando en los años 80 comienza el periodo final de la Unión Soviética con las reformas de Gorvachov la gente del movimiento italiano Comunión y Liberación tiene la oportunidad de llegar a Moscú. Desde 1957 a través de la fundación” Russia cristiana” la espiritualidad occidental y oriental cristianas habían encontrado un lugar de encuentro y mutuo enriquecimiento. Para sorpresa de los italianos como Giovanna Parravicini se descubre un tesoro de espiritualidad oculto al mundo precisamente bajo la propia bota del estado que había abrazado el ateismo como filosofía y antropología y había buscado destruir con saña iglesias y creencias religiosas.


Este libro recapitula unas historias que recorren prácticamente el periodo de los más de 70 años de dictadura soviética y que paralelamente a la historia oficial, al poder, a las purgas, las persecuciones, los procesos… no dejaron de alumbrar el corazón de sus protagonistas y de muchas personas que a través de ellos encontraron la fe, o por lo menos la luz y el calor humanos que desprende la Verdad. Son testimonios sencillos, algunos directos, obtenidos por la autora porque son personas que ella conoce y que aún viven, otros son obtenidos a través de estas y otras personas en relación con otras que ya han muerto, algunas de ellas en el martirio.

“Libres” no recoge una relación de mártires o una historia exhaustiva de la supervivencia de la fe en el oscuro siglo XX ruso, sino el testimonio de la autora en su encuentro con esa espiritualidad oriental que impensablemente tilila en medio  de la tempestad. Una espiritualidad extraordinaria tanto por lo milagroso de su resistencia y la calidad personal de quienes la encarnan como por la riqueza que trae de sus siglos de fe; una tradición que increíblemente sobrevive apenas sobre los frágiles hombros de unos hombres y mujeres que han consumido su vida para prender la llama ahora, tras la tempestad extrema, en las vidas de otros que también encontrarán su felicidad y riqueza lejos de donde señala el dedo del poder, aunque ahora no sea el dedo enguantado de  un verdugo.

Algunas de estas personas han nacido en familias y comunidades cristianas a las que la revolución ha arrebatado sus iglesias, sus popes, y hasta cualquier posibilidad externa de comunicar sus creencias. Son estas personas las que no se resignan y llevan en su interior una llama que alimentan en el silencio, el estudio y la adoración; pero como una luz así no puede ocultarse atraen la atención de otras que se sienten ahogarse en las hechuras de los nuevos  hombres y  mujeres  del socialismo científico. Son estas personas educadas de espaldas a Dios las que se prenden en la fe de personas como el padre Alexander Men o Sergei Averincev, para luego seguir ellas portando su pequeña llama.


Alexander Men es un ejemplo de resistencia cultural, pero sobre todo de encarnación de esa cultura que resiste y vence a la del Estado. Nacido en una pequeña comunidad ortodoxa su condición religiosa le excluye de la universidad. Eso no le impedirá ordenarse sacerdote y llevar una vida de estudio y meditación que se plasmará en libros y publicaciones, unas veces clandestinas, y otras sorteando milagrosamente la censura y las limitaciones impuestas a las publicaciones religiosas. El padre Alexander será una referencia indispensable en la vida de multitud de personas durante varias décadas en Rusia, una llama que prende en multitud de vidas y que atrae tanto a quienes en un mundo asfixiante buscan a Dios, como a los que simplemente buscan verdad y libertad.


Sergei Averincev fue uno de los intelectuales más importantes y populares de Rusia. Su persona y su trabajo unen la tradición cultural del oriente cristiano con la espiritualidad que reverdece en los umbrales del siglo XXI a través de la oscuridad de la etapa soviética. Averincev mailagrosamente cultiva y mantiene viva la cultura tradicional rusa en una época en que el Estado la ha declarado muerta. Sus trabajos científicos, sin embargo, acaban abriéndose espacio dentro y fuera de Rusia. Sus palabras y escritos nacidos de la fe suenan y resuenan por los círculos de la clandestinidad y disidencia;  son palabras que nacen de una fuente luminosa para sus conciudadanos aplastados por una realidad gris y mostrenca, por una oficialidad esencialmente falsa y mentirosa.

Hay más personas en la historia de la Rusia soviética que desde un talento extraordinario y una vida volcada a una gran riqueza interior sobreviven milagrosamente en medio del holocausto.


María Yudina fue una de las más grandes intérpretes musicales del  siglo XX. Para quienes la oyeron sin duda la mejor pianista de su tiempo; un talento y una sensibilidad que conmovieron al mismísimo Stalin cuando la escuchó por la radio y pidió un disco suyo. Eso sirvió para que se realizara una de las escasas grabaciones que se conservan de ella y quizás para salvarle la vida, en una época en que las purgas eran masivas e histéricas y ella había caído en desgracia por su fe. Cuando Stalin escuchó el disco hizo enviar una gran cantidad de dinero a la intérprete. María le agradeció el regalo pero se lo devolvió con una nota en la que decía rezar por él para que Dios perdonara sus graves pecados. La “profesora religiosa” sobrevivió a este extraordinario atrevimiento y a otros, como leer en sus recitales poemas de autores prohibidos y hablar abiertamente de su fe, una fe nacida en su adolescencia y ligada a la belleza, a la que postergaba en valor ante Dios. María no pudo tocar fuera de su país, y en su mismo país sólo a veces. Llevó una vida modestísima, pero hasta su muerte en 1970 fue un foco de luz y belleza en medio de la más densa oscuridad.


La historia de Eugenia Ginzburg nos sumerge decididamente en lo más denso del infierno del comunismo soviético. Ella y su marido eran fieles comunistas. Educados en los valores de la revolución, miembros activos del partido, comunistas convencidos, alejados de cualquier atisbo de religiosidad en su vida, se ven envueltos en aquel juego diabólico de las purgas dentro del partido. Como todos los acusados, condenados y ejecutados en aquellos procesos de Moscu, en aquellas llamadas purgas, eran inocentes de lo que se les acusaba. Eugenia se derrumbó finalmente, después de interrogatorios y malos tratos, cuando comprendió que la verdad le daba igual al partido, que simplemente no existía. Después de pasar por todos los estados mentales posibles muchos acusados acababan interiorizando también esto y asumiendo una especie de pecado original, de culpa innata, puesta a disposición del partido. En “1984” de Geroge Orwell se explica con crudeza este proceso, este objetivo del estado totalitario, que acaba devolviendo al hombre a un estado de pecado original irredimible.

Eugenia no dio un paso más y conservó en su interior la conciencia de la verdad. Existe la verdad y existe la mentira. El precio, con todo,  fue terrible. A su marido se lo tragó el sistema, sus padres, familiares y amigos perdieron sus empleos, y sus hijos sólo se salvaron de milagro de  los terribles orfanatos de reeduación en los que se perdían para siempre – a menudo de enfermedad o en campos de trabajo-. Ella sobrevivió en el Gulag durante años. Allí encontró la fe en un médico católico también preso con el que se casaría. “Viaje al vértigo”, publicado en 1967 en Italia cuenta su peripecia. El encuentro con Cristo en el Gulag de Kolyma ilumina el resto de la vida de esta mujer y su rastro de esperanza, paz y verdad se extiende hasta los años finales del régimen, cuando Eugenia reprocha a los intelectuales occidentales su connivencia con una ideología y un poder deshumanizadores. En esos años Eugenia resiste junto a otros disidentes los interrogatorios, los internamientos, la persecución… y se afana por mantener la luz de su fe en medio de lo imposible.

Vera Laskova es de una generación posterior. No conoció los terribles años 30 y 40, por el contrario, se abre a la vida adulta en los días de Jruschov. Ella pertenece a una familia que ha conservado la fe de forma semiclandestina. Junto a otros jóvenes se reúnen, aprovechando un acto oficial, de forma improvisada en la plaza Maiakovsky a leer poemas. Son los chicos del “faro”.Tolerados en un principio pronto serán dispersados al convertirse en un foco en el que discurre libremente el pensamiento y la cultura, una cultura que reivindica la humanidad. Es un espacio en el que la religión encuentra un ámbito para comunicarse. Los jóvenes cristianos del grupo de Vera comienzan un trabajo clandestino de difusión de boletines y noticias. Vera dedicará su vida a mecanografiar textos prohibidos y difundirlos. Entre esos jóvenes, y especialmente en la cárcel, Vera tiene un encuentro personal con Dios que la marca para siempre. Al salir en libertad lo primero que hace es ir a una iglesia a rezar. Algunos de sus amigos lo pagan pronto con la vida.  Jruschov parece compensar su tímida apertura con una mayor persecución religiosa. Vera conocerá las detenciones, los destierros, las cárceles y la exclusión. No podrá ir a la Universidad y se ganará la vida como conductora, mecanografiando incansablemente en su tiempo libre. La vida de Vera hoy sigue siendo extraordinariamente modesta, y sigue ayudando, en su barrio, a los más necesitados, a los desesperados…una humilde vela que también  brilla aparentemente débil en la Rusia también deshumanizada de Putin.










Son más los testimonios que Giovanna Parravicini recoge en “Libres”. Son los testimonios de algo maravilloso que ella encuentra en una Rusia que ama y que e transmite como una luz un tesoro preservado en la más terrible y densa oscuridad.

¿Qué esperaban estas personas? ¿para qué entregaban su vida? ¿qué esperanza tenían frente al poder de su tiempo? Y sin embargo la luz que ellos veían es la luz que reflejaban y con la que alumbraban pequeños rincones en la inmensa oscuridad de la inmensa Unión Soviética.