El Fin del Mundo
Juan-Pedro Ortuño Morente
El Fin del Mundo
Juan-Pedro Ortuño Morente
Estamos ya en el tiempo litúrgico del Adviento. Y el Evangelio del primer domingo de este nuevo ciclo que nos acerca al “cumpleaños” de Nuestro Señor no podía ser más contundente: “Lo que pasó en tiempos de Noé, pasará cuando venga el Hijo del Hombre” (Mt 24,37). Siempre fueron evasivas las respuestas de Jesús ante las preguntas de sus discípulos acerca de ese fatal momento. Sabemos que ocurrirá, pero no cuándo llegará. Cristo sí lo conoce, y quiere advertirnos de ese día, para que nuestra esperanza descanse en Él, y no en nuestras expectativas que son de tan corto alcance. Sin embargo, pueden transcurrir siglos o miles años hasta que llegue esa segunda y definitiva venida del Señor de la Historia. ¿Hay que estar, entonces, preocupados ante ese inmediato o lejano desenlace final?
Muchos de esos signos de los que habla Jesús los hemos podido ya advertir en nuestro tiempo: guerras, cataclismos naturales, persecuciones… Pero, hay un dato que sí resulta conmovedor, y es que cuando nadie crea que vaya a suceder, tal y como sucedió en tiempos de Noé, se producirá el advenimiento del Hijo del Hombre… el fin del mundo. Porque, es verdad que vivimos como si Dios no existiera y como si las preocupaciones de este mundo fueran suficientes. Nos resulta innecesario pararnos a considerar en el sentido trascendente de la vida, porque nos parece un estorbo o una quimera que nada tiene que ver con la realidad de nuestro día a día. Esta mentira, que nos tiene prisioneros en el más acá, hace que muchos consideren el más allá como una entelequia utilizada por la religión para tenernos acogotados o temerosos.
La Iglesia siempre nos ha dado una enseñanza inmediata, recogida en el Evangelio, para interpretar correctamente las palabras de Cristo, y es la necesidad de estar siempre en vela. Se trata de transformar nuestra vida en un permanente Adviento, estar siempre con el corazón alerta, que no es otra cosa que redescubrir la acción de Dios en nuestro interior, vivir en gracia. Esta actitud no tiene nada que ver con una especie de ansiedad existencial, sino que es una cierta tensión espiritual positiva, haciéndonos crecer interiormente en la virtud de la esperanza teologal. Porque lo que sí es real y concreto, es que en cualquier momento podemos morir, lo cual no es una mera suposición para tenernos amenazados o reprimidos. Dios no disfruta con nuestra angustia. Él quiere que vivamos serenos y alegres, y que estemos dispuestos a recibirle, ya para siempre, sin las limitaciones del tiempo y del espacio, en el momento oportuno.
Para muchos de nuestros contemporáneos, sin embargo, el fin del mundo no tiene otra trascendencia que la nada. Tú y yo tendríamos, desde esa visión pesimista de la existencia, una historia personal en la que hubo un comienzo en esta vida, y que tendrá un fin en el ocaso de la misma, y nada más. Se olvida el absurdo que puede tener esa consideración del “más allá” del hombre, que se queda en el solipsismo del “más acá”, sin otra explicación que el azar o la casualidad. Porque, sí hay una respuesta providente para el cristiano, y es la que nos da el mismo Jesucristo con su nacimiento, vida, muerte y resurrección.
De hecho, el Adviento como tiempo litúrgico, y que celebramos ahora, no tiene como objetivo hacernos pensar en un fatal desenlace. Se trata de ayudarnos a estar expectantes ante un acontecimiento que sí ha trastocado las entrañas de nuestra historia: el nacimiento del Hijo de Dios. En tres de los cuatro domingos de este tiempo escucharemos las siguientes palabras: "Señor, muestra tu poder y ven". En esa expresión se muestra el deseo de espantar nuestros temores internos, poniendo toda nuestra confianza en la fuerza que viene de lo alto, Aquel que nos dio la existencia para prolongar su maravillosa obra creadora, y que sigue ofreciéndonos la eterna felicidad sin doblez ni engaño. ¡No tenemos idea alguna de lo que supuso la quiebra de esa Creación a causa del pecado original! Mientras no asumamos semejante daño, no experimentaremos la mano que se nos tiende para recuperar el orden perdido. “¿Es que acaso comí yo del fruto prohibido?”. Esta queja que viene alimentando la soberbia humana durante siglos, es la que aún hoy vemos en tantos corazones endurecidos, y que son incapaces de descubrir esa recuperación en el espíritu y en la carne tras la muerte de Cristo en la Cruz.
Nunca olvidemos que es precisamente en nuestra carnalidad donde nos unimos a los mismos méritos de ese Cristo crucificado, y que se anticipa en todo sufrimiento y dolor que hay en cada uno de nosotros. Hemos de cubrir en nuestro cuerpo, tal y como nos recordará san Pablo, lo que falta a la Pasión de Cristo, es decir, transformar el anodino y monótono discurrir cotidiano, el nuestro personal, en gracia de Dios, que es la fuerza del espíritu unida a lo más carnal que llevamos. Disociar alma y cuerpo supondría, como muchas veces observamos ante los que dan la espalda a la Providencia, una esquizofrenia maniquea de la condición humana, pretendiendo despreciar la unidad que llevó a cabo Cristo en su obra redentora. Nuestro Señor realizó lo esencial en esa reconciliación con la obra creadora del Padre. De esta manera, el pecado fue vencido con su muerte en la Cruz. Por tanto, cada ser humano, y gracias a la acción del Espíritu Santo, se une a esa misma experiencia del Hijo de Dios en la Cruz. Surge así una nueva realidad: estrechar nuestra debilidad en el abrazo con la voluntad divina. Sólo así descubriremos el amor de Dios. Pretender, por otra parte, hacer teología-“ficción", como algunos han exigido, situándonos tras la redención del Hijo de Dios en la misma posición que Adán antes del pecado original, supondría que habría en la tierra miles de millones de seres humanos dispuestos a ser tentados como Adán en ese supuesto nuevo “Paraíso” en el mundo… Verdaderamente absurdo.
Así pues, el misterio de la Encarnación, que es la explicación de nuestro propio misterio, supone, en primer lugar, la aceptación de nuestra fragilidad humana. Esa debilidad sólo es posible asumirla desde la fe y, por tanto, desde nuestra confianza en Cristo para dar el salto a la gracia. Caer en el voluntarismo pelagiano de que sólo con nuestras fuerzas podríamos alcanzar la seguridad en nuestras acciones, y llegar a ese equilibrio interior que los antiguos llamaban ataraxia, supone la reivindicación de nuestra soberbia, intelectual y afectiva, que ya otros, a lo largo de la historia han pretendido enaltecer inútilmente. De ahí, el grito del Adviento: "Señor, muestra tu poder y ven". ¿Cuándo descubriremos que en la humildad encontramos el verdadero ungüento para nuestras heridas? ¿Cómo no sucumbir ante el anonadamiento de la omnipotencia divina que se revela en la desnudez de un pesebre? ¿Por qué somos incapaces de discernir que en el silencio y en la sencillez de nuestra conducta, abandonando nuestros juicios y criterios en manos de Dios, alcanzaremos la paz y la serenidad de ánimo?
El Adviento es tiempo de amainar y calmar nuestro febril activismo, ya sea en el actuar o en el pensar, y así poner en orden nuestra jerarquía afectiva e intelectual. Si buscamos la compensación de nuestros dramas personales exclusivamente en el orden de la caducidad de lo temporal no aquietaremos nuestro espíritu, sino que éste estará sumido en la ansiedad y en la dispersión. En cambio, poner el corazón en la centralidad de lo que adviene, Aquel que llega para dar respuesta a nuestras inquietudes, supone relativizar nuestro sufrimiento y nuestro dolor en aras de darle un sentido trascendente y salvífico. Se trata de un Dios que transforma nuestra resignación, esa cantinela del “no queda otro remedio”, en entrañas de misericordia y ternura, tal y como será contemplado en el pesebre de Belén. “Paz a los hombres de buena voluntad”; que no es otra cosa, sino “materializar” en nuestra propia carne la “debilidad” de Dios que se compadece de nuestra pobre condición haciéndose uno de nosotros.
Más allá de cualquier cálculo racionalista, hay que advertir lo que sí es esencial para dar pleno sentido a nuestra vida. En el más absurdo o incomprensible acontecimiento cotidiano: una contradicción, una crítica injusta, una enfermedad, una traición inesperada, una ruptura familiar, un fracaso laboral… ¡ahí precisamente!, se encuentra el corazón de Dios para que sea abrazado por ti y por mi. Él es “el Alfa y la Omega, «Aquel que es, que era y que va a venir», el Todopoderoso” (Ap 1, 8). Nunca confundamos los éxitos del mundo con el poder necesario para llevar a cabo nuestros deseos, o ver cumplidas nuestras ambiciones más profundas, por muy justas y bienintencionadas que las consideremos. Las paradojas del misterio de la Encarnación son precisamente ésas: lo que es muerte para el mundo, es vida para Dios; lo que es humillación para el mundo, es gloria para Dios; lo que es debilidad para el mundo, es fortaleza para Dios; lo que es fracaso para el mundo, es triunfo para Dios; lo que es enfermedad para el mundo, es curación para Dios… ¿Estamos hablando de un Dios descarnado e insensible a todo lo que nos hace sufrir o doler? ¡Todo lo contrario! Nuestro criterio en el actuar, pensar y hacer, siempre ha de pasar por el tamiz del corazón manso y humilde de Cristo, que es el único en el que hemos de confiar, y que nunca va a traicionarnos. Él, siempre, absolutamente siempre, se adelantó en ese sufrimiento personal que nos atenaza, y nos abraza con ternura, no para disminuir nuestro dolor, sino para darle un sentido plenamente redentor.
El “fin del mundo”, considerado en sí mismo, encierra una visión pagana de la historia y de la vida. Porque sólo en la segunda venida de Cristo está la razón de la verdadera gloria de Dios. Todos los años, el domingo anterior al primero de Adviento, se celebra la solemnidad de Cristo Rey. Ese reinado no es el que se produce tras la multiplicación de unos panes y unos peces, donde una muchedumbre “borracha” de triunfo mundano, ante el supuesto espectáculo del que han presenciado, quiere proclamar a Jesús su rey. No, Jesús se retira al silencio de la oración, y lo hace solo, para empaparse de la presencia del Padre, que es el único que sabe poner las cosas en su sitio, disfrutando de ese signo, que no es otro que el de la prodigalidad divina. Por el contrario, el Evangelio que leíamos en esa fiesta del reinado de Cristo nos habla de un pobre ladrón arrepentido que le pide, colgado en una cruz, que se acuerde de él cuando Jesús entre en su Reino. “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Esta respuesta de Cristo no es la de un desesperado que aguarda una muerte sin sentido, como si el mundo llegara a su fin. El Hijo de Dios conoce perfectamente el cúmulo de frustraciones que nos agobian, los desvaríos a los que nos sometemos, la pobreza de tanta anemia espiritual, las promesas no cumplidas, y los desafectos con los que avasallamos a otros. ¡Sí!, lo sabe de memoria. También percibe Cristo, ¡y de qué manera!, que todo ese suplicio sangriento y desproporcionado al que está sometido, en ese preciso instante cuando agoniza crucificado, ha de alcanzarnos a ti y a mi hasta las más íntimas entretelas de nuestro ser. Sólo así nos reconoceremos salvados y queridos desde el mismo centro del corazón de Dios. Sin embargo, sin nuestra libertad, Dios no puede hacer nada; no puede forzarnos nunca… necesita que le digamos: “Acuérdate de mi cuando entres en tu Reino”. Miles de años, esperando ese momento, empezando por la “inconsciente” creación que fue vapuleada por un pecado de soberbia y de negación de la infinita bondad de Dios. Miles de años, en los que el ser humano fue dando tumbos, entre discordias, celos y traiciones, porque seguía empeñado en arañar una “caricia” de reconocimiento, embebido de vanidad y codicia a través de su idolátrica puesta en escena como “ombligo” del mundo. Miles de años, tras la muerte de tantos “héroes” colgados en el almanaque de la historia, dando la impresión que el boquete de la nada era la salida a una vida sin sentido. Miles de años, dejando en este mundo tantas cosas por hacer, y que otros se llevarían las migajas de esos cúmulos de posesión y mentira. Miles de años, en fin, hasta que un hombre, que se proclama Hijo de Dios, se nos pone como modelo. “Aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón”. ¿Es este el rey al que hemos de seguir? ¿No es esta una verdadera bofetada a la presunción humana, a las seguridades intelectuales, al acopio de poder y dominación? ¡Sí!, este es el hombre al que hay que seguir, porque sólo Él nos conducirá a la entrada del verdadero Reino. El Paraíso donde calmar la sed de tanto deseo marchito en esta tierra. Lo que Él nos ofrece es la vida eterna, vida sin fin, vida de plenitud y felicidad sin límites.
El mismo Señor nos dirá que se va para prepararnos una morada. Lo dijo a sus discípulos: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”… “Confiad y creed en mi”. Nadie en la historia de la humanidad ha hablado con semejante autoridad y seguridad, sabiendo perfectamente el alcance de sus palabras. Por eso, su resurrección, la manifestación gloriosa de su cuerpo ante tantos testigos, ha de ser el sello definitivo para clausurar nuestra incredulidad. Esa desconfianza, que tanto se asemeja a la de santo Tomás, “si no lo veo, no lo creo”, ha de transformarse en paz y alegría. Sabemos que, en medio de tanto derrotismo, sufrimiento y frustración que atisbamos a nuestro alrededor, hemos de mostrar a las gentes el faro de una esperanza sobrenatural. Ya nunca nos llegará el fin del mundo, sino la vida para siempre. Sólo nos falta un “poco” de fe. Fiarnos de Cristo, es fiarnos de nuestro destino, y no llenar nuestros corazones con la podredumbre de meras promesas humanas. La mentira, al fin al cabo, acaba en nada… absolutamente en nada. ¡Conoce a Cristo, ámale, y ya nunca querrás otra cosa, porque habrás alcanzado la Verdad!
“Dice el que da testimonio de todo esto: «Sí, vengo pronto.» ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!” (Ap 22, 20).